Coquetear con lo eterno: reseña de ‘Only lovers left alive’

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Por Nico Ruiz

El vampiro, vaya figura. Cuestión de pesadilla y fascinación, la imagen del vampiro siempre ha sido asociada con la muerte, las fuerzas diabólicas, las noches oscuras y la neblina de lejanos castillos medievales. El vampiro es esa figura recurrente hasta la burla, tan común como romántica, que nos hace soñar con las pesadillas detrás de toda sombra y las maravillas de la vida eterna.

Porque ahí está el meollo de la fascinación con los vampiros, desde las figuras medievales a Anne Rice, pasando por la seriedad epistolar de Bram Stoker y la genial película de Murnau: el vampiro encarna el mal al perforar lo prohibido, cuando se extiende más allá de lo que nos permite nuestra naturaleza –o Dios, si alguien lo quiere llamar así-, burlándose de la vida del alma con la presencia eterna del cuerpo. Los vampiros, como seres inmortales, se mofan de la promesa divina, se elevan más allá de nuestra moral pequeña, se burlan de ella como de nuestras cortas vidas. El vampiro es entonces, en un mismo paquete, un ser ajeno a la vida humana con todas sus ataduras morales, y a la muerte tan pesada, tan presente, con todas sus limitaciones físicas.

La vida del hombre está hecha así; de tal forma que veamos al mundo como algo que se desarrolla lentamente, paso a paso, durante tanto tiempo: ese tiempo que no es sino el más pequeño apéndice en la historia de la tierra, aún menor en la galaxia, ínfimo en el cosmos, y que nos parece la eternidad misma. Jarmusch llega, en esto, para hurgar, algo más adentro, algo más moderno, de forma algo más pretenciosa, esta enorme figura milenaria y todas sus implicaciones inmortales: la fascinación, el poder, la moral, el tiempo.

Only Lovers left Alive es una película que Jarmusch sólo hubiera podido hacer ahora: éste no es el mismo director de Permanent Vacation (1980), Night on Earth (1991), Down by Law (1986) y Dead Man (1995). Aquí lo sobrenatural no es un coqueteo entre exotismo e impulso colonizador, aquí no hay la misma visión a ras de piso de la vida desenfrenada o la miseria asfixiante, aquí el humor es distinto, de tiempo refinado. Porque para esta película Jarmusch parece despojarse del ojo humano para pegarse al ojo inmortal, al ojo viejo, admirativo y cansado, de los vampiros. A través de ese ojo, el abandono de Detroit se convierte en la belleza del despojo humano, de los paisajes siniestramente liberados, de nuestro fracaso como especie; Tánger (Marruecos) encuentra su vieja gloria con pasadizos, barcos varados, té y pipas de agua; en la noche se desayuna y en la mañana se cena; el hambre se convierte en sed y la comida en éxtasis de sustancias –oh sí, en esta representación la sangre es, al mismo tiempo, alimento y droga.

Ésta es una representación de vampiros que pasa por el filtro de siglos de historia y de conciencia histórica: ya se agotaron los sueños románticos, las pesadillas góticas y el renacimiento de lo diferente que amenaza. Estos vampiros son vampiros contemporáneos, con verdadera sustancia y no meras excusas de romance o gore. Se nota la experiencia en estos seres creados por Jarmusch; se nota el humor ácido del conocimiento, los siglos pasados con goce y curiosidad, el único amor eterno posible, ese que no puede separar a los amantes con la muerte. La trama de la película gira en torno a Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton) –y luego podemos curiosear alrededor de estas sugerencias-, una pareja de vampiros y sus vidas cotidianas en un mundo moderno carcomido por los hombres. Ahí observamos cómo su privacidad segura se ve amenazada por la creciente necesidad de comunicación, la dificultad para conseguir sangre sin ninguna contaminación (enfermedades, sustancias, impurezas, etc.) a pesar de los avances médicos, la nostalgia, la distancia.

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Pero lo interesante aquí es cómo Jarmusch logró combinar a la perfección lo contemporáneo de la historia desde una perspectiva completamente extraña como la de un ser inmortal. Y no me refiero a las múltiples referencias históricas, literarias, o musicales, sino a los detalles discretos. Por ejemplo, que estos seres, poco preocupados por un futuro, desprecian el dinero: lo tienen a montones y lo tiran como sea, lo regalan, gastan a crédito, sobrepagan. Y también el conocimiento como marca temporal. Porque Jarmusch quiso explorar más allá estos detalles apuntados -pero olvidados en profundidad- de las historias con inmortales a través de los mayores dones que regala el tiempo: la sabiduría y la erudición. El primer término siempre más tratado, en toda historia, y que sugiere que los viejos saben más de la vida que el resto de los mortales; el segundo, mucho más sencillo, como acumulación de conocimiento en una larga carrera de experiencias. Se puede ser erudito, haber cultivado un enorme conocimiento, y no ser, en lo absoluto, sabio. Los vampiros de Jarmusch, en esta representación tan apegada a la visión inmortal que podrían tener, se pelean entre un conocimiento enorme, creado por el tiempo, la curiosidad de la eternidad, de los logros de esa pequeña especie que les sirve de botana, y la difícil sabiduría que, después de siglos, todavía no les enseña a vivir.

Entonces, la fascinación por el conocimiento nivela los campos: aquí, los inmortales están tan fascinados por la ciencia como por la música, la literatura y la arquitectura. Y esto, claro, se proyecta en forma de cine puro, como le gusta a Jarmusch: crudo, hermoso, mezcla de pausa y movimientos planeados, tomas largas fijas y esos travelings que ya fascinaban en la introducción de Down by Law con un fondo de Tom Waits. Todo enmarcado, claro, por un glorioso soundtrack que se pelea en lo atinado con la maravillosa creación de RZA paraGhost Dog. Así representados, los vampiros pueden darse al refinamiento de su conocimiento, insuflando nueva vida en el arte desde las sombras: John Hurt interpreta a un viejo vampiro, aún resentido con Shakespeare por robarle sus obras, como un tal Christopher Marlowe. Ni más ni menos. Pero también el personaje de Tom Hiddleston, desde la música, regalando adagios a Schubert y música fúnebre a darketos refinados.

Y aquí se encuentra una primera diferencia fundamental entre los personajes: Eve, siempre de blanco, es radicalmente distinta a Adam, siempre enlutado. Mientras Adam crea música, Eve es una lectora voraz: en su mochila de mano, sólo para viajar, vemos libros en todos los idiomas; pasan por ahí Kafka, Beckett, Cervantes; encontramos cancioneros españoles, a Dante y el ambicioso Infinite Jest de Foster Wallace. Porque Eve es una fuerza vital, aquella que disfruta de bailar, oler el aire, que goza de la amistad y del amor. Adam, por su parte, es aquél que vive en aislamiento y que se atormenta, solitario; es el que conversaba con los románticos, que entretenía a Byron y a Poe, que admiró a Baudelaire y que tal vez pactó, como diablo jugando con el Dr. Fausto, por el alma musical de Robert Johnson. Mientras Eve vive y ama, Adam piensa en el suicidio y sufre del cariño; mientras Eve lee, devora arte, Adam, azotado como buen romántico, lo produce. Claro, este balance en un romance indica una historia de origen, algo viejo gestado en las entrañas de la tierra: el equilibrio entre amor y muerte, fuerza vital y entropía, lo tenebroso en la teoría del entrelazamiento de Einstein y los primeros hombres bíblicos.

Entre todos estos opuestos, Jarmusch mezcló géneros de una forma inesperada. De esta figura del horror habitual, creó algo mortalmente serio y al mismo tiempo lleno de humor. Un humor sin burla genérica, lejos de Mel Brooks y Polansky, que más bien es muestra, nuevamente, del paso del tiempo y del conocimiento adquirido: nadie tan instruido, tan vivo, puede ser completamente solemne. Es el humor negro de quien está por encima de todo recato, de los que viven en la eterna nostalgia de una enormidad de recuerdos escogidos con cuidado, cultivados con cariño, sonrientes, frente a la gran curiosidad cósmica de todo. Porque la combinación genérica continúa más allá, con guiños de ciencia ficción, drama y suspenso. Todo mezclado en una cinta de Jarmusch para dar un producto verdaderamente bizarro que se siente íntimo y cuidado.

Entre la eternidad y el balance de opuestos queda el movimiento circular con el que empieza y termina la película, el movimiento que convierte a las estrellas en un disco de vinil –sugiriendo el sonido de un diamante que resuena como gong en centauro-, y que anuncia el regreso del principio al final de todo. Estos amantes primarios, míticos, que parecen anteriores a todo, Adán y Eva, terminan por poseer y transformar a otros dos amantes, siglos, milenios, después, en una noche de sed empujada por las circunstancias. La vida eterna comienza con esta muerte; el fin de la película anuncia un nuevo principio y todo gira de nuevo, tocando una nueva canción, bajo la aguja de un lente curioso.

A pesar de las recargadas referencias y el esnobismo buscado, esta mezcla genérica genial, fotografiada con todo el estilo posible, musicalmente sugerente y actuada con sobrado talento y química, me dejó extrañamente fascinado. Creo que no disfrutaba tanto una película de Jarmusch desde aquella con Forest Witaker y el tipo que construye barcos en las azoteas. Creo, también, que esta estilización sugerente de apuntes literarios va a molestar a sus espectadores más busconamente intelectuales. Yo me quedo con mi fascinación por una historia de amor eterno sin cursilerías, de relación que no tiene fin y que no necesita entonces de amarres, principios, conteos y desperdicios. Esta es una historia del amor que se nos escapa por el tiempo, de ese fatal amarre que entendemos de forma tan mortal. Este compacto placer musical de nostalgia, erudición y eterna búsqueda de sabiduría imposible, es una prometedora nueva invención en la larga historia de los vampiros. De ahí también que la vida de esta película nos rebase, coqueteando siempre con algo eterno.

 

Fuente: Morbido Fest

Un comentario en “Coquetear con lo eterno: reseña de ‘Only lovers left alive’

  1. Que bonita reseña!!!!!!!!!!! la describe tal como es, ya vi la película y me encanto, independientemente de que este Tom, describe tal como siempre me he imaginado que seria la vida de un vampiro en la actualidad.
    Ahora es mi película favorita de vampiros!!!!!!!!!!!

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